Rehabilitación de la mano tras un ACV infantil
Bongo fue parte de mi infancia. Aslan es parte de mi camino.
Hay dos compañeros de cuatro patas que ocupan un lugar muy especial en mi historia.
Bongo, mi perrito de la infancia, que estaba conmigo en aquellas tardes en las que me sentaba junto a mi papá a mirar documentales de National Geographic y Discovery.
Y Aslan, mi querido lobito, que hoy forma parte de mi vida y también, de alguna manera, de mi trabajo.
Aslan recibe a cada persona que llega a mi consultorio con amor.
Pero hubo una historia en particular que nunca voy a olvidar.
Una mamá llegó a mí a través de las redes buscando ayuda para su hijo de 12 años, que había atravesado un ACV isquémico talámico.
El niño presentaba una importante dificultad para abrir completamente una de sus manos, que permanecía en una postura en garra.
Trabajábamos desde la Kinesiología y Fisiatría, buscando estimular el movimiento y recuperar progresivamente la función de esa mano.
Pero yo sentía que necesitábamos encontrar algo más.
Algo que despertara en él una motivación diferente.
Entonces un día salimos a caminar con Aslan.
Le entregué la correa y le propuse que lo llevara a pasear.
Y ocurrió algo que me emocionó profundamente.
Mientras caminábamos, Isaac comenzó a agarrar la correa con fuerza.
Poco a poco, observé cómo su mano comenzaba a abrirse y cómo podía sostenerla.
Él sonrió.
Estaba feliz.
Y su mamá también.
Ese momento quedó registrado en un video que compartimos con ella, y para mí representó muchísimo más que un simple movimiento de la mano.
Porque habíamos encontrado una actividad con significado para él.
Una actividad que despertaba su motivación, su participación y sus ganas de moverse.
Ya no estaba simplemente haciendo un ejercicio.
Estaba paseando a Aslan.
Y quería hacerlo.
Ese día volví a confirmar algo en lo que creo profundamente:
la rehabilitación no siempre sucede solamente dentro de una camilla o realizando un ejercicio repetitivo.
También puede suceder jugando.
Caminando.
Interactuando.
Encontrando aquello que despierta una emoción positiva y convierte el movimiento en algo
significativo.
Por eso mi abordaje nunca se limita a una única disciplina.
Mi formación me permite integrar conocimientos de Kinesiología y Fisiatría, Psicología, Ingeniería Biomédica, Medicina y diferentes herramientas terapéuticas, siempre dentro de un abordaje responsable y centrado en la persona.
Porque cada paciente necesita algo diferente.
Y porque detrás de cada movimiento hay una persona.
Una historia.
Una emoción.
Una familia.
Una motivación.
Y también hay algo que para mí es fundamental:
el corazón.
Podemos estudiar muchísimo.
Podemos acumular títulos, especializaciones y conocimientos.
Podemos incorporar tecnología y aprender nuevas técnicas.
Pero si no sabemos mirar al otro, escuchar, comprender y acompañar…
el conocimiento queda incompleto.
Aslan no es kinesiólogo.
No es terapeuta.
Es mi compañero.
Pero ese día fue parte de una experiencia terapéutica que permitió que un niño encontrara una razón para querer mover su mano.
Y esa imagen de Isaac caminando, sonriendo y sosteniendo la correa de Aslan es una de esas imágenes que voy a guardar para siempre.
Porque me recuerda por qué elegí este camino.
No se trata solamente de recuperar un movimiento.
Se trata de ayudar a una persona a recuperar posibilidades.
Y cuando una persona vuelve a hacer algo que creía que no podía hacer, aunque sea algo tan sencillo como sostener una correa y salir a caminar…
la rehabilitación adquiere otro significado.
Bongo me acompañó en el comienzo de mis sueños.
Aslan me acompaña hoy en mi camino.
Y quizás, sin saberlo, ambos forman parte de la misma historia:
la historia de una niña que siempre quiso cuidar y de una profesional que todavía sigue aprendiendo cómo hacerlo cada día mejor. ❤️
Esta historia menciona a una persona por su nombre y se publica con su consentimiento. Cada persona evoluciona distinto: lo descrito no es extrapolable a otros casos ni constituye una promesa de resultado.