Dra. Nadia Solange Touriño

Mi historia

Esta página habla de mi profesión. Pero también habla de mi historia. De dónde vengo, de quiénes me enseñaron, de quiénes amo y de por qué hago lo que hago.

Quizás mi vocación comenzó mucho antes de que yo pudiera ponerle un nombre

Hoy, mirando hacia atrás, muchas cosas empiezan a tener sentido.

No sé exactamente cuándo nació mi deseo de ayudar a las personas.

Quizás estuvo siempre.

Cuando era muy chica, mis maestras, Adriana y Andrea, ya me decían:

“Nadia, tenés algo en las manos.”

Y no era algo que yo buscara.

Simplemente me gustaba hacer masajes.

Me gustaba tocar el cuello de las personas, intentar aliviar sus dolencias, hacer que se sintieran mejor.

Era una niña y todavía no sabía que aquello que hacía naturalmente algún día iba a convertirse en una profesión.

También recuerdo sentarme con mi papá en el living de casa, junto a mi perrito Bongo, a mirar documentales en National Geographic y Discovery.

Me fascinaba observar el cuerpo humano, la naturaleza, los animales, las plantas, las estrellas y todo aquello que todavía no podía comprender.

Pero hay una imagen de mi infancia que quedó especialmente grabada en mi memoria.

Un día estaba con mi mamá y mi papá y vimos un documental que me llamó muchísimo la atención.

Recuerdo a una profesional de la salud trabajando en un lugar en medio de una montaña.

Había una camilla.

Todo era blanco.

Las sábanas.
Las cortinas.

Y detrás de aquella escena se escuchaba el sonido del agua bajando suavemente por el río, una cascada, los pájaros.

Era un ambiente que transmitía una sensación de paz que todavía puedo recordar.

Ella trabajaba con sus manos sobre el cuerpo de una persona.

Pero había algo más.

Utilizaba técnicas de origen milenario vinculadas a la Medicina Tradicional China, trabajaba con elementos naturales y hablaba también de la energía.

Yo era muy pequeña y no podía explicar por qué aquello me llamaba tanto la atención.

Pero me fascinaba.

Quería saber más.
Quería entender.
Quería aprender.

Y, sobre todo, quería ayudar.

En casa tenía una pequeña mesita que me habían regalado mis papás y allí jugaba a ser médica.

Tenía mi propio botiquín.

Jugaba a atender.
A cuidar.
A encontrar una manera de aliviar.

Y mientras crecía, esa curiosidad no desapareció.

Al contrario.

También me interesaban las plantas, los aceites, la naturaleza, las estrellas y todo aquello que me permitiera comprender mejor el mundo y las personas.

Durante nuestros viajes familiares al norte, a San Fernando del Valle de Catamarca, Córdoba y Tucumán, había algo que siempre me hacía especialmente feliz:

el río.

Podía pasar muchísimo tiempo observando el agua, escuchando su sonido y disfrutando de la naturaleza.

También recuerdo cuando visitaba a mi tía en Mar del Plata.

Con mi papá y mis primos encontrábamos cangrejos y yo quería agarrarlos para llevarlos hacia un lugar seguro, cerca del mar.

Quizás para otros era solamente una niña jugando.

Pero hoy lo pienso y veo un patrón.

Siempre había algo dentro mío que me llevaba a cuidar.

Cuidar una persona.
Cuidar un animal.
Cuidar una planta.
Cuidar la naturaleza.

Observar.
Tocar.
Escuchar.
Intentar comprender.
Intentar aliviar.

Quizás por eso, cuando miro mi recorrido profesional, siento que muchas de las cosas que hago hoy no aparecieron de repente.

Estaban ahí desde el principio.

Con el tiempo estudié Kinesiología y Fisiatría.

Continué formándome.
Me acerqué a diferentes disciplinas.
Estudié Medicina.
Me formé en Terapia Miofuncional, Neuromodulación y diferentes herramientas terapéuticas.

También estudié Psicología, Medicina Estética y otras áreas que fueron ampliando mi manera de comprender al ser humano.

Pero hay algo que nunca cambió:

las ganas de ayudar.

Hoy sé que aquellas palabras de mis maestras —“Nadia, tenés algo en las manos”— tenían un significado que yo todavía no podía comprender.

Quizás no se referían solamente a mis manos.

Quizás hablaban de una sensibilidad.

De una forma de acercarme al otro.
De una necesidad de cuidar.
De una vocación que todavía no tenía nombre.

Y hoy, cuando pongo mis manos sobre un paciente, cuando evalúo, cuando escucho, cuando intento comprender qué está expresando su cuerpo, recuerdo a aquella niña.

La niña que se sentaba frente a su pequeña mesita.
La que jugaba a ser médica.
La que miraba documentales con su papá y su perrito Bongo.
La que quería salvar un pequeño cangrejo.
La que se quedaba fascinada mirando un río.
La que no sabía explicar por qué quería ayudar.

Hoy creo que simplemente estaba descubriendo quién era.

Y quizás la vocación no aparece el día que recibimos un título.

Quizás comienza mucho antes.

En una mirada.
En una curiosidad.
En unas manos.

En una niña que, sin saberlo, ya había elegido algo:

cuidar.

Esta historia es para esa niña.

Para mis padres, que alimentaron cada una de mis curiosidades.

Para mis maestras, que vieron algo en mí antes de que yo pudiera verlo.

Y para todas las personas que, a lo largo de mi vida, fueron formando parte del camino.

Porque hoy puedo decir que sigo siendo aquella misma niña.

Solo que ahora tengo más conocimientos, más herramientas y más experiencia.

Pero las ganas de ayudar…

esas siguen siendo las mismas. ❤️

Antes de ser profesional, fui una niña que aprendió a cuidar

Hay recuerdos de la infancia que, con el paso de los años, uno comprende que fueron mucho más importantes de lo que imaginaba.

Hoy miro hacia atrás y entiendo que muchas de las cosas que soy no comenzaron en la universidad.

Comenzaron mucho antes.

Cuando era chica, tuve dos maestras que dejaron una huella enorme en mi vida:

Adriana y Andrea.

Mi seño de primer y segundo grado y mi seño de cuarto grado de Ciencias Naturales.

Hasta el día de hoy mantengo con ellas un vínculo hermoso.

Recuerdo especialmente a mi seño de cuarto grado. Le gustaba que yo le hiciera masajes en el cuello y muchas veces me decía:

“Nadia, tenés algo en las manos.”

Yo era muy chica y no sabía qué significaba aquello.

Simplemente me gustaba hacer masajes, intentar aliviar las dolencias de las personas y hacerlas sentir mejor.

También recuerdo sus gestos de cariño: tocar mi cabello en los recreos, hacerme trencitas, jugar con mi pelo largo y hasta cantar juntas un tango.

Hoy, tantos años después, tengo la felicidad de poder atenderla como profesional.

Y pienso en aquella frase que me decía de niña:

“Nadia, tenés algo en las manos.”

Quizás ella vio antes que yo algo que todavía no podía comprender.

Porque esas mismas manos que ella reconocía en una niña son las manos con las que hoy trabajo, acompaño y ayudo a mis pacientes.

Pero mi historia también está profundamente ligada a mis abuelas.

Mi abuela Perla

Mi abuela Perla, que hoy está en el cielo y que siento que me ilumina y me protege desde allí.

Una mujer muy trabajadora, que siempre estaba esperándome cuando volvía del colegio y también cuando regresaba de la facultad.

Con ella teníamos un ritual que nunca voy a olvidar:

tomar el té.

A veces me quedaba con ella y le daba las lecciones que tenía que estudiar para el día siguiente.

Ella me escuchaba.

Quizás no necesitaba comprender cada detalle de lo que estudiaba.

Simplemente estaba ahí.

Y eso era suficiente.

Mi abuela Perla fue una de esas personas que enseñan sin necesidad de dar una sola lección.

Y también quiero nombrar a mi otra abuela, Cuca, porque ambas forman parte de mis recuerdos más queridos y de la persona que soy.

Hay una imagen que llevo en el corazón y que nunca voy a olvidar.

El día que fui abanderada del Rotary Club de San Justo.

Mi vicedirectora, Silvina, me llamó y me entregó la bandera de la República Argentina para que la cuidara y la llevara a mi casa, porque al día siguiente debía desfilar con ella.

Recuerdo haber sostenido aquella bandera con un orgullo y un respeto que todavía puedo sentir.

Pero hay algo que hizo que aquel momento fuera todavía más especial.

Antes del desfile, pude compartirlo con mis abuelas Perla y Cuca.

Ellas tocaron aquella bandera.

Y yo pude ver en sus rostros el orgullo, la emoción y el profundo respeto por nuestra patria.

Para mí, ese momento fue enorme.

Porque ya sentía que mi felicidad estaba completa.

Había recibido una de las mayores responsabilidades que podía imaginar siendo una niña, pero además había podido compartirla con las personas que amaba.

Después ocurrió algo que también recuerdo hasta el día de hoy.

Un compañero de otra división, ilusionado, me preguntó si podía prestarle la bandera.

Y le dije que sí.

Yo era la primera abanderada.

Pero sentí que podía compartirla.

¿Por qué?

Porque mi felicidad ya estaba completa.

Ya había vivido aquel momento con mis abuelas.

Ya había sentido el orgullo de sostener la bandera de mi país.

Y entendí que compartir la felicidad con otra persona no disminuye nuestro propio logro. Lo hace todavía más valioso.

Esa experiencia me enseñó algo que sigo llevando conmigo:

la empatía.

Mirar al otro.
Comprenderlo.
Dar un lugar.
Compartir.
Hacer feliz a alguien más…

Hoy, cuando miro mi recorrido profesional, entiendo que muchas de las cosas que soy comenzaron en esos pequeños momentos.

En mi casa.
En mi familia.
En mis maestras.
En mis abuelas.
En aquellas personas que dejaron huellas profundas en mi corazón.

Personas que me enseñaron, muchas veces sin saberlo, el valor de cuidar, escuchar, acompañar y ayudar.

Y quizás por eso, cuando una persona se sienta frente a mí, no puedo verla solamente como un paciente.

Veo una persona.

Veo una historia.
Veo emociones.
Veo una familia.
Veo un camino.

Y detrás de cada tratamiento intento poner no solamente mis conocimientos, sino también algo que aprendí mucho antes de tener un título:

la importancia de cuidar al otro.

Hoy continúo estudiando, formándome y buscando nuevas herramientas para poder ayudar desde diferentes conocimientos y disciplinas.

Porque siento profundamente que estoy acá por una razón.

Tengo una misión: ayudar a las personas a recuperar su bienestar a través del conocimiento, la formación, el compromiso y todo aquello que esté a mi alcance como profesional.

Y en ese camino, sigo aprendiendo.
Sigo creciendo.
Sigo buscando.

Pero también sigo recordando de dónde vengo.

A mis seños Adriana y Andrea, las amo con todo mi corazón. Gracias por haber formado parte de la niña que fui y, de alguna manera, también de la profesional que hoy soy.

A mis abuelas Perla y Cuca, gracias por haber dejado en mí recuerdos que el tiempo nunca podrá borrar.

A mi abuela Perla, especialmente, que desde el cielo siento que me ilumina y me acompaña: gracias por cada té, cada espera, cada lección escuchada y cada momento compartido.

A mis padres, gracias por haber acompañado cada uno de mis sueños.

Y a todas las personas que marcaron mi corazón y dejaron una huella en mi vida: gracias.

Hoy puedo decir que los títulos llevan mi nombre, pero el camino fue construido también por todos aquellos que estuvieron a mi lado.

Y antes de cada paso importante, sigo haciendo algo que forma parte de mi vida: ponerme en manos de Dios y de la Virgen, confiando en que me guíen, me protejan y me den la sabiduría necesaria para continuar mi camino.

Esta página habla de mi profesión.

Pero también habla de mi historia.

De dónde vengo.
De quiénes me enseñaron.
De quiénes amo.
Y de por qué hago lo que hago.

Porque quizás aquella niña que hacía masajes, que quería cuidar a las personas, que compartía una bandera y que encontraba felicidad haciendo feliz a alguien más…

ya sabía, sin saberlo, cuál era su misión.

Y esas pequeñas manos que alguna vez una maestra miró y dijo:

“Nadia, tenés algo en las manos”

hoy siguen intentando hacer lo mismo que entonces:

cuidar. ❤️

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